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“Teníamos que Irnos”

SILVER SPRING, Maryland (CNS) — Henry y Karen Castellanos Escalante estaban en peligro en su propio vecindario.

Los pandilleros “me seguían por todas partes”, dijo Henry. “Yo no podía salir de nuestra casa porque siempre estaban intentando hacerme parte de sus pandillas”.

En entrevista con Catholic News Service y el programa de PBS “Religion and Ethics Newsweekly”, el joven que ahora tiene 18 años de edad dijo que fue obligado a abandonar la escuela después del quinto grado. No había manera de llegar a la escuela desde su casa en San Salvador sin encontrar pandillas violentas que estaban reclutando forzosamente chicos de su edad, dijo Henry. Ellos hasta lo seguían entrando a la escuela.

Su hermana Karen, ahora de 16 años de edad, llegó al sexto grado antes que ella también desertara.

Las amenazas incluyen tiroteos vecinales frecuentes, tales como un asesinato cometido justo frente a su casa. Para Karen, el riesgo de ser atacada por miembros de pandillas se tornó vívido cuando una amiga se perdió de vista después ser violada sexualmente por el tipo de niños que también la seguían a ella.

En marzo del 2012 los hermanos salieron juntos de El Salvador, con edades de 14 y 16 años, tomando un camino, a menudo aterrador, de cinco meses cruzando América Central y México antes de ser capturados por la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos poco después de llegar a Texas.

Henry dijo que sus padres, en consulta con parientes estadounidenses, decidieron que “sería un mejor futuro para nosotros” si ellos podían llegar a Estados Unidos. Sin esperanza de obtener visas para hacerlo legalmente, su padre encontró un “coyote” que los llevara. Los hermanos no saben cuánto se pagó ni se les preguntó si querían irse.

“Ellos solamente dijeron que teníamos que irnos”, dijo Henry.

Los Castellanos llegaron cerca del comienzo de una oleada sin precedentes de menores de edad viajando sin sus padres que han sido capturados en Estados Unidos. El número de tales adolescentes y niños atrapados sin documentos de inmigración había sobrepasado los 66,000 a finales de agosto, casi el doble de los 35,000 que fueron detenidos durante todo el año fiscal 2013.

El aumento ha provenido principalmente de ciudadanos de El Salvador, Honduras y Guatemala, quienes, bajo la ley federal, no pueden ser deportados sumariamente. Consecuentemente los sistemas federales para procesar, cuidar y enjuiciar a los menores han sido abrumados. Este verano las agencias se apuraron a hacer espacio para los jóvenes mientras el presidente Barack Obama buscaba sin éxito fondos adicionales para los tribunales de inmigración y las varias entidades del orden publico involucradas en lo que describió como una crisis.

La saga de los hermanos Castellanos es típica de lo que muchos jóvenes experimentan, según los abogados de inmigración.

Henry y Karen hoy día tienen una vida estable y segura viviendo con un tío en las afueras de Washington y asisten a la escuela secundaria con planes de universidad. Ellos reciben ayuda legal a través de Caridades Católicas de la Arquidiócesis de Washington. Su abogada ayudó a coordinar la entrevista.

Ellos parecen estar en camino de obtener permiso para quedarse permanentemente con su tío, después que un juez de Maryland encontrara que satisfacen el primer obstáculo hacia el estado de inmigrantes juveniles especiales concedido a cierto menores de edad que han sido abandonados por sus padres.

Pero dos años después que Henry y Karen salieron de su casa, los adolescentes todavía están un poco traumatizados cuando discuten su viaje. Aunque están contentos que haber hecho el viaje porque sus vidas son mucho mejor aquí, ellos dicen que no lo recomendarían.

“Fue una experiencia muy mala”, dijo Henry. “Yo quisiera que nadie hiciera eso”.

Las partes malas incluyeron cuatro meses de viajar con contrabandistas atestados en vehículos y, frecuentemente, a pie en la oscuridad y escondiéndonos durante el día. Una vez cruzaron la frontera con Estados Unidos, pronto fueron separados. Durante un mes ninguno supo si el otro estaba vivo. Durante tres meses no hubo comunicación con sus padres.

Viajando durante semanas sin aparente final con varios hombres, mujeres y un niño, los dos dijeron que nunca se sintieron seguros. “Casi todo el tiempo estuvimos atestados en algún lugar incómodo”, dijo Henry.

Poco después de llegar a Texas, dijo Henry, “Estábamos en un camión … cuando el camión se estrelló y todos empezaron a correr. Yo no veía a nadie más, solamente a mi hermana. La agarré y empezamos a correr tan rápidamente como podíamos”.

“Decidimos escondernos detrás de un árbol, esperando, esperando”, él continuó. Nadie vino por ellos, pero pronto un helicóptero pasó. “Lo próximo que recuerdo es ver a alguien con un arma muy grande hablándome en inglés. Yo no sabía qué decir porque yo no hablaba inglés”.

Un oficial de habla española vino y dijo que saliera de los arbustos. Pero ya que Henry había estado bloqueando su hermana con su cuerpo, el oficial no la vio. “Ella corrió”, dijo Henry. “Así que me atraparon primero”.

Karen continuó desde ahí. “Me escondí en la tierra”, ella dijo. “Me escondí durante quizás una hora, entonces la (Patrulla Fronteriza) se fue”.

Cambiando al español, Karen terminó la historia en una voltereta de palabras. Ella encontró a tres hombres que habían estado con ellos, y pronto el contrabandista apareció.

“Fuimos a una casa donde había mucha gente”, ella dijo, hombres, mujeres y niños. Una o dos veces los contrabandistas regresaron con comida. “Dormí una noche allí y entonces la siguiente noche comenzamos a caminar, tres noches cruzando el desierto”.

“En el desierto topamos con lobos, una culebra”, dijo ella temblando por el recuerdo. Durante la luz del día intentaron descansar, pero ella nunca durmió realmente.

“La última noche que caminamos comenzó a las 6 de la tarde y caminamos hasta las 6 de la mañana”, dijo Karen.

Después de esconderse de la Patrulla Fronteriza una vez más esa última mañana, la Karen de 14 años de edad se encontró sola otra vez.

“No tenía comida ni agua, tenía hambre”, dijo ella. “Empecé a caminar y a buscar personas de nuestro grupo. Llamaba en voz alta y nadie contestaba”.

Eventualmente ella topó con un niño que había estado con ellos y comenzaron a caminar a lo largo de una carretera.

“Finalmente un carro policiaco llegó”, dijo Karen. Después de no poder contestar las preguntas del oficial sobre a dónde iban, ellos fueron tomados bajo custodia. Eventualmente Karen fue llevada al centro de detención donde su hermano estada detenido, aunque pasaron semanas hasta que cada uno supo que el otro estaba allí.

El día que Henry vio a su hermana al otro lado de la sala en el centro de detención juvenil fue uno feliz. Ninguno había hablado con sus padres, dijeron, y las autoridades no sabían que ninguno de los dos había estado viajando con un hermano.

El temor había prevenido que Henry le preguntara a alguien sobre ella.

“Yo tenía demasiado miedo, pensando que algo le había pasado a ella”, él dijo. “Si algo le había pasado a ella yo no podría perdonarme”.

Durante los dos años desde que fueron puestos en un avión hacia Maryland para quedarse con su tío, los Castellanos se han asentado en una vida menos dramática: escuela, amigos, iglesia. Ellos hablan irregularmente con sus padres y dos hermanos menores.

Sus padres también llegaron a arrepentirse de su decisión de enviar lejos a los dos, ellos dijeron. Aunque dijeron que extrañan a su familia, ninguno de los dos está interesado en regresar a El Salvador, excepto quizás para sacar del país a sus hermanos menores.

“No me siento temeroso aquí, de que alguien esté intentando matarme”, dijo Henry. “Ahora puedo ir a la escuela y estoy aprendiendo. Creo que tengo un futuro mejor”. Él tiene la esperanza de un día tener su propio negocio. Karen piensa en convertirse en médico o quizás maestra.

Henry admite que a veces despierta en sudor frío, habiendo soñado sobre dormir afuera en el frío “intentando mantenerme centrado”.

Pero tan difícil como fuera todo lo que ellos pasaron, Henry explicó, es difícil para las personas en Estados Unidos entender lo que los expulsó de El Salvador.

“No entienden los riesgos que la gente toma todas las mañanas”, él dijo, ni cómo es ser asediado por pandillas que amenazan con matarlos o a sus familias. “Ellos arriesgan mucho con solamente salir”.

Por Patricia Zapor, CNS

Foto: Daniel Hernández recibe un abrazo de su madre, María Puga, durante una concentración para marcar el final de la caravana pro derechos de inmigrantes Trail for Humanity en San Diego el 16 de agosto. Foto CNS/David Maung, EPA

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